Cuando se encuentra uno en una situación muy grave, cuando las circunstancias son en verdad críticas, cuando el hoyo en que se ha caído parece no vérsele aún el fondo, no hay manera de esconderlo, de negarlo, ni mucho menos de suavizarlo o de decirlo con rodeos. ¿O existe alguna forma aligerada de informar que el paciente ha sufrido un paro cardiaco y se encuentra en estado comatoso?
México es el paciente en cuestión. México ha sufrido un paro cardiaco y se encuentra en estado de coma. Los signos no pueden seguirse callando y las consecuencias que esto pueda provocar no son muy difíciles de adivinar.
El ejército ha tomado las funciones de policía por toda la República, so pretexto de combatir la lucha contra el narcotráfico (con todos los abusos hacia los derechos individuales ciudadanos que eso implica). Si todas las acciones antinarcóticos, que se evidencian vía los medios de comunicación impresos y audiovisuales, fuesen textuales, resultaría que más de la mitad de este país se encuentra involucrada en el tráfico de drogas. Ha surgido la sospecha nada irreal de que parte de esa lucha antidrogas (¿Cuánta?) ha sido para sofocar levantamientos y guerrillas contra el gobierno federal (por su ineptitud, corrupción y tendencia a todas luces fascistoide). La crisis económica no ha tocado fondo (en contra de lo afirmado de modo oficial) y se presume la posibilidad de que la Bolsa de Valores de México tenga un caída irremediable (si las tendencias depresivas e inflacionarias siguen por donde van), con lo que México habrá pasado del coma a la muerte. La cesantía laboral es galopante y rebasa por mucho la cifra oficial de 2.5 millones de desempleados que se maneja de forma pública. Quienes aún mantienen sus fuentes de trabajo están pagando (en su mayoría) las consecuencias del gravísimo déficit económico por el que pasan sus empleadores, por lo que reciben sus pagos retrasados o disminuídos o hay, de plano, algún pago cancelado. La delicuencia en todo el país está por todo lo alto y las bandas de secuestradores, pederastas y traficantes de todo tipo (seres humanos, órganos, drogas), así como los asaltantes, homicidas y violadores, parecen escurrirse como agua de manos de las autoridades. Las amenazas y cohechos a las funcionarios judiciales por parte del crimen organizado (a costa no ya de sus vidas y bienestar personal, sino de los de sus seres queridos) para lograr la impunidad va en aumento. El beneplácito gubernamental hacia los abusos cometidos por muchas de las transnacionales y empresas extranjeras que laboran en México contra sus clientes y consumidores y contra la competencia nacional (a la que han ido derrotando y destruyendo sin moral alguna); así como no en pocas ocasiones, contra sus empleados mexicanos; es escandoloso (llámense cadenas de supermercados norteamericanos, empresas de servicios, bancos españoles o norteamericanos, etc.).
El nivel de pobreza general y pobreza extrema ha crecido de manera exorbitante (se trata del 60 porciento de los más de 120 millones de mexicanos que poblamos esta nación). El mercado nacional, prácticamente, está a punto de extinguirse (día a día cierran más empresas medianas, pequeñas y micro; el campo está devastado; el sector industrial está a media producción). Medidas sangrantes planteadas por el gobierno federal (alza de impuestos, suspensión de subsidios a los servicios públicos destinados a la población civil, reducción dramática a o retiro de inversión estatal en sectores clave del desarrollo científico y tecnológico nacional), defendidas con razones fulastres y puestas a decisión de una cámara de diputados y otra de senadores votadas por una ínfima minoría de este país (en señal de protesta y desencanto ante la gravedad que todos palpamos día a día), buscan tan sólo terminar con la última gota de paciencia de este pueblo.
El descontento, enojo y hartazgo de un 70 porciento de mexicanos (aquéllos que no pertenecen a la minoría descarada e inmoralmente pudiente de este país o que no forman parte del sector -en su mayoría de jóvenes- desencantado, desinteresado e ignorante de su realidad) no tiene parangón: se ve, se respira y se siente hasta en la piel… esto es en extremo peligroso, muy peligroso… y tanto el gobierno federal como nuestro principal cliente comercial lo han percibido y están en alerta.
Son los síntomas de que nos hallamos en estado de coma tras un serio infarto (ya no hay nota amarillista o victoria deportiva o escándalo mediático o nota morbosa del espectáculo que lo cubran). Con motivo de su tercer informe de gobierno, el presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, ha reconocido de manera pública (claro, muy al estilo del sistema oficial) que estamos en crisis, de la cual será muy difícil salir, si no se toman las medidas urgentes que sean pertinentes (desde luego, protegiendo los intereses creados, los intereses extranjeros -Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, China y algunos países de Europa-, pero nunca los derechos de los ciudadanos legítimos de este país).
El gigante al norte de este continente americano (tras varios meses de absoluto desinterés hacia México, por parte de su presidente y su gobierno, el tan glorificado Barack Obama) ha designado, por fin, embajador para que ocupe su sitio en el edificio del Paseo de la Reforma, de la Ciudad de México: Carlos Pascual. ¿Y quién es este diplomático de origen cubano que viene con tantas cartas laudatorias tras de sí? Pues bien, el embajador Pascual es especialista en países en transición, agudo observador de países en condiciones inestables (entendiéndolo esto como en estado de conflicto interno grave, con posiblidad de guerra civil, caída económica, ingobernabilidad) y avezado consejero para resolver crisis de países extranjeros… en donde los Estados Unidos de Norteamérica tienen intereses económicos muy acendrados (energéticos). No hay que decir más…
La situación, apenas esbozada en este artículo, por la que pasa mi patria, los Estados Unidos Mexicanos (para que se entienda mejor: todos mis compatriotas y yo), ha alterado de manera crítica su cotidianidad (la vida familiar y las condiciones individuales económicas, emocionales y psicológicas). Lo malo del caso es que el fondo de este hoyo aún no se ve y está por venir lo peor. La paciencia del pueblo está a su límite y el entender que este país se encuentra como ese enfermo comatoso no augura nada bueno.
No puede esperarse un milagro salvador, porque estas circunstancias no tienen origen divino sino humano, demasiado humano, desde su parte más negra, y que ha mantenido y enaltecido el sistema social y cultural (entendiendo cultura como toda acción surgida del quehacer humano y no sólo, las actividades artísticas) que prevalece en este planeta desde hace ya muchísimos años.

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