Otros logros esenciales de nuestro homenajeado y que repercutieron en el desarrollo de México fueron, en primer término, su tesis jurídica en la que asentó que la autoridad y soberanía del gobierno tanto local como federal jamás pueden delegarse ni convertirse en objeto de comercio. Esto no era del todo evidente, pues el caso ya se había dado en el Estado de Puebla1. En segundo término, solicitó la negación de un amparo interpuesto por la compañía petrolera norteamericana Liliendhal contra la Nación, al quitársele (durante el gobierno del gral. Álvaro Obregón) la concesión de uso de tierras en los Estados de Chiapas y Tabasco, que le había hecho la familia Casasús (de manera ilegal); quien las había recibido de parte del Secretario de Fomento del gral. Porfirio Díaz (durante su mandato), para fines de colonización, en un acto de absoluta corrupción política2. El caso era peliagudo, a raíz de que el abogado de la compañía Liliendhal era el lic. Francisco Carbajal, abogado respetable, que había sido tanto cabeza de la Suprema Corte como Presidente de la República. La prensa y todos los abogados de México estaban al pendiente. Nuestro hombre tenía el atrevimiento de oponerse a tan importante personaje y a negar un amparo a todas luces injustificado, pues no era el país el culpable del acto ilegal, sino la familia Casasús, quien se había atrevido a comerciar con suelo nacional como si fuera su propiedad privada. Durante el Pleno de Ministros, el único orador fue nuestro biografiado (al exponer todo lo anterior), pues ningún funcionario se atrevió a tomar la palabra. El presidente de la Suprema Corte (para ese momento, el lic. Salvador Urbina, compañero de Sala de nuestro personaje) convocó a votación y el fallo a favor de la propuesta de nuestro homenajeado fue unánime. El escándalo fue mayúsculo, pues el abogado Carbajal acusó a nuestro hombre de tergiversar los hechos y manipular el caso, amenazando con denunciarlo por ello ante el Congreso de la Unión, aunque al final aceptó su derrota y no cumplió su amenaza.
Transcurrieron ocho años de arduo trabajo, siempre puntual y polémico, dentro de la Suprema Corte, durante los cuales se dieron muchas resoluciones importantes en las que participó o que postuló nuestro personaje y que, al igual que en los casos anteriores que comenté, sentaron precedente para el camino a seguir en las áreas jurídicas, sociales y políticas de México, puesto que todo fallo dictado y ejecutado por el máximo tribunal del país es irrefutable e impide que se repitan los casos en cuya contra se decide, así como fortalece la forma de juzgar para bien de los mexicanos.
Llegó entonces el año de 1934 y el gobierno de este país dio un giro sustancial. El gral. Lázaro Cárdenas asumió el poder y dio por terminado el periodo del maximato, dominado por Plutarco Elías Calles, quien por fin quedó confinado a mandar en su casa y nada más. Entraron a la Suprema Corte elementos cardenistas, quienes no toleraron las discusiones o debates hacia las decisiones presidenciales por parte de nuestro biografiado: como fue la reanudación indiscrimanada del reparto de tierras, sin considerar las diferencias y condiciones físicas y laborales de las diversas zonas del país. Este nuevo grupo de ministros se alió y lanzaron a la calle, de la noche a la mañana, a nuestro hombre. A partir de ese momento, el destino fue menos generoso con nuestro homenajeado y su derrotero sufrió muchos reveses. Un funcionario cardenista, reconociendo la valía de nuestro personaje lo nombró Subprocurador General de la República, primero y Subsecretario de Gobernación, después. En ambos cargos siguió rindiendo beneficios a México. Cabe resaltar que como Subsecretario presentó la teoría de que los Poderes Públicos renuncian a su autoridad y se vuelven partido político cuando se dedican a apoyar a un candidato, dejando al Estado regional o federal sin gobierno, por lo que surge la obligación de nombrar un gobernante interino para restablecer el orden constitucional. El presidente Cárdenas quedó encantado con esta tesis y durante su mandato se aplicó en dos ocasiones: en el estado Chiapas y en la ciudad de León (Guanajuato), aunque las felicitaciones se las llevara el Secretario de Gobernación3. Hacia fines del gobierno cardenista, nuestro homenajeado tuvo la responsabilidad de abrir la entrada de México a judíos europeos que venían huyendo de los inicios de la Segunda Guerra Mundial. Sus enemigos lo acusaron entonces de cobrar a cada emigrante por su ingreso al país; lo cual fue una calumnnia y vileza en su contra. Terminado el gobierno del gral. Cárdenas, nuestro hombre quedó desempleado a los 53 años de edad y, tras una carrera de servicios honestos y eminentes al México de la Revolución, comenzó una debacle injusta, donde abundaron las envidias, la deslealtad y la ingratitud.
Teniendo que ver y proveer para su familia, trató de desenvolverse en la abogacía privada, pero no fructificó el plan, y al ser un hombre honorable que siempre vivió de su trabajo y esfuerzo, comenzaron a mermarse sus economías, por lo que en el lapso de dos años quedó totalmente en la ruina. Hubo que malbaratar casa, biblioteca, discoteca y todos los objetos de valor, quedándose apenas con lo indispensable para sobrevivir sus tres hijas, su esposa y él. Dicen por ahí que las desgracias no vienen solas y en su caso fue un hecho. Su esposa cayó enferma de cáncer y murió en 1945, tras más de 30 años de matrimonio. En el transcurso del deceso, nuestro personaje recurrió a sus amigos leales y uno de ellos, compañero ministro y a la sazón presidente de la Suprema Corte (don Salvador Urbina), aprovechando que había un nuevo mandato presidencial, lo atrajo de nuevo a la Corte, pero comenzando desde el nivel de funcionario más bajo: Juez de Distrito. Más de cinco años estuvo cubriendo diversos interinatos de juez por diversas ciudades del país. Durante ese lapso fue que falleció su esposa, sus dos hijas menores se casaron y su hija mayor empezó a ejercer su profesión médica. Para 1947, fue enviado al Juzgado de Distrito de la ciudad de Morelia, donde pareció que iba a establecerse en definitiva. El destino dio una vuelta de tuerca a su vida y tuvo la bendición de conocer en el juzgado a una joven inteligente, sensible y de gran espíritu, con quien entabló amistad y luego una relación afectiva, terminando por casarse en 1949. La diferencia de 35 años de edad que él le llevaba, más su fuerza de carácter y temperamento poco concesivo, hicieron de aquella unión un proceso con muchos altibajos que duró 14 años y en el que se procrearon los hijos varones que tanto ansiaba él y que se habían malogrado en su primer matrimonio.
En 1951, su vida dio un último giro profesional, pues por la cantidad de trabajo que se acumulaba en la Suprema Corte, hubo necesidad de reformar su ley interna y se crearon nuevas instancias para la resolución de casos: los Tribunales de Circuito. Nuestro hombre fue ascendido a magistrado de circuito (el rango inmediato inferior a ministro de la Corte) y se le asignó a la ciudad de Monterrey. En 1958, fue transferido a la Ciudad de México, al Tribunal del Primer Circuito, ubicado en el edificio de la Suprema Corte, por lo que en sus últimos años regresó a donde había tenido sus tiempos de gloria. Su vida personal estuvo dividida entre dos familias: sus hijas del primer matrimonio y su segunda esposa con los tres hijos varones que ella le dio (pues en este enlace se malograron unos gemelos y la única hija), provocando tensiones para él y todas las partes involucradas, haciendo infelices a todos.
Su calidad de gran jurista y abogado, su tenacidad e intolerancia para la corrupción e injusticias, su honorabilidad y valía profesionales siguieron vigentes hasta el último día que vivió, pues estuvo trabajando (en condiciones de salud difíciles) hasta un mes y medio antes de fallecer por causa del cáncer. Testimonios escritos de sus aportaciones para una mejor impartición de justicia en este país (en su calidad de juez y magistrado) han quedado registrados en los anales y diversas publicaciones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así como en las múltiples notas periodísticas guardadas ahora en la Hemeroteca Nacional, y que están para la consulta de cualquiera persona.
El miércoles 18 de septiembre de 1963, en la Ciudad de México, a los 76 años de edad, dejando una joven esposa de 40 años, dos hijos de 11 y 10 años de edad, y un bebé de escasos año y medio, falleció nuestro primer olvidado a las 3 de la mañana, víctima de un dolorosísimo y cruel cáncer de páncreas. Como siempre que alguien grande se va, se reconocieron de manera tardía sus méritos y aportaciones al país y sus amigos íntimos y leales hicieron los panegíricos laudatorios. La prensa y la radio dio la noticia de su fallecimiento. El tiempo se encargó de ir diluyendo su recuerdo, que ya sólo quedó en su familia cercana. Su nombre: don ARTURO CISNEROS CANTO (Izamal, Yucatán; 24 de abril de 1887-México, D.F.; 18 de septiembre de 1963), primerísimo abogado yucateco y mexicano, ilustre forjador de su Estado y su país. La herencia que nos legó a todos sus hijos (porque yo soy ese bebé de año y medio) fue la honestidad, la honradez, la lucha por la verdad, la defensa de la justicia, un intenso amor por la cultura y un gran respeto por México. No dejó bienes materiales ni propiedades de tipo alguno, apenas una escasa pensión para su viuda y sus tres hijos menores, y un modesto seguro de vida; por lo que fue labor de su viuda sacar adelante con arrojo y determinación a la familia que quedaba detrás.
Sin mi padre y sus aportaciones, muchas cosas positivas de este país no podrían existir y eso es a fin de cuentas lo más importante… aunque nadie se acuerde de él o siquiera sepa quién fue. Como siempre en la vida de México, de los muchos que brillan, pocos son los que lo hacen por méritos propios, puesto que la mayoría se reduce a simple oropel. Baste cerrar esta primera entrega de los olvidados con una expresión típica de mi padre: “Quien no lucha por sus derechos, no se los merece.”
1 Un gobernador de Puebla vendió y remató impuestos y servicios tanto públicos como municipales a empresarios y negociantes particulares, a fin de conseguirse recursos, y con el premio de la excención tributaria a dichos particulares. Su sucesor (el dr. Almazán) se encontró con esta irregularidad y la consecuencia de que no había fondos para sostener al Estado ni al gobierno, por lo que a través de la legislatura local revocó todos esos hechos indebidos. Contra esta acción, los particulares beneficiados buscaron ampararse, pero con la tesis de nuestro personaje se les negó ipso facto el amparo y Puebla recuperó sus plenas facultades de gobierno. Subir.
2Durante el porfirismo era muy común que se concedieran generosas extensiones de territorio nacional a políticos, para que hicieran negocios personales con ellas. Uno de esos políticos fue el lic. Casasús, quien recibió del susodicho Secretario (gral. Pacheco) tierras en Chiapas y Tabasco que sumadas equivalían al tamaño de un Estado de la República. La familia Casasús creyó ser dueña de dicho territorio y se atrevió a negociarlo con la petrolera Liliendhal. Sin embargo, la causa de la concesión por parte del gobierno porfirista, que era planear y organizar la colonización de toda esa zona, jamás se realizó. Nuestro biografiado demostró que la concesión original del gral. Pacheco, amén de ser indebida, no les daba derecho alguno a usufructuar ni superficie ni subsuelo tanto en beneficio propio como ajeno. Cuando el presidente Obregón tuvo conocimiento del caso, ejerció sus derechos constitucionales y nulificó ambas concesiones. La petrolera quedó bailando en la cuerda floja y por eso interpuso un amparo contra la Nación, con la asesoría legal del lic. Carbajal. Al demostrar con razones jurídicas y constitucionales nuestro hombre que la Nación, en la persona de su Presidente, había ejercido un derecho y una función constitucional y que no había sido la causante del acto ilegal de concesión para explotación petrolera, sino la familia Casasús, fue que todo se vino abajo. Los Casasús eran objeto de un delito contra la Nación al haber usufructuado y negociado con suelo propiedad del pueblo de México, para beneficio propio. Subir.
3En Chiapas, los Poderes buscaron imponer al candidato a gobernador, que apoyaban, contra la voluntad presidencial, y por ello hubo que desconocerlos. En León, Guanajuato, se dio una situación similar, pero a nivel de presidente municipal. Subir.

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